El cuidado de la pastoral

Catedral Nuestra Señora de Los Ángeles (EE.UU.)

n los colegios nos ocupamos de muchas cuestiones. Quien se dedica, aunque sea solo por unos años, de la dirección de un centro educativo sabe bien de los mil y un flecos que constituyen en diario vivir de un colegio. Pero de todas esas cuestiones, sin por ello quitar importancia a las demás, la dinámica evangelizadora de nuestros colegios es, sin duda alguna, una de las evidencias que nos dicen si estamos siendo fieles a la misión para la que nacimos en medio del mundo educativo o si, por el contrario, vamos haciendo lo que podemos, adaptándonos a los continuos cambios, con una priorización de las cosas según nos permite la situación, las leyes, los recursos, las modas, las metodologías… y mil cosas más.

Y a nosotros que sabemos que la animación pastoral de un colegio, que es una parte de esa dinámica evangelizadora, es vertebral y que lo dice todo de nosotros y de nuestras instituciones, también nos ha afectado la situación en la que nos ha sumido la pandemia. Y es en este escenario en el que el verbo cuidar ha pasado a un primer plano en todos los ámbitos y dimensiones.

Llevo tiempo dándole vueltas a este verbo sencillo, discreto, de pocas letras y de tantas acciones y emociones a él ligadas. Un verbo pastoral de primer orden que se convierte, además, en una competencia evangelizadora determinante.

La pandemia que ha asolado al planeta nos ha situado a todos en el mismo nivel, en el mismo escenario, sin distinción de razas, de posición económica, de nivel  cultural,  de  credo  religioso ni de ideología política. Esa pandemia que lo ha trastocado todo, que ha echado por tierra nuestras planificaciones y estrategias, nuestros modos de hacer y hasta nuestras costumbres más arraigadas e intocables, ha hecho surgir de su lugar reservado el verbo cuidar.

Una de las cosas que nos ha pasado durante el confinamiento ha sido que hemos tenido la oportunidad de hacernos conscientes, quizás por primera vez en la vida (y quizás por última) de la importancia determinante de cuidar y ser cuidados, de estar rodeados de personas que conjugan de mil y un modos este verbo recatado y comedido.

Sin ni tan siquiera pedirlo, pasamos de nuestras situaciones cotidianas más o menos interiorizadas y asumidas, a una situación absolutamente desconocida y desconcertante. Al principio parecía mentira. Incluso llegamos a pensar que podía ser bueno para retomar, recuperar y redescubrir algunas cuestiones olvidadas o, sencillamente, dejadas en la cuneta o en el desván de nuestra vida personal, de pareja, familiar, profesional…

Y la pastoral de los colegios, asentada toda ella sobre la presencialidad, acostumbrada al movimiento, a la convocatoria, a celebraciones, entradas y salidas, a proponer y promover experiencias todo el tiempo, para todos… de repente sufrió un parón en seco. Todo cuanto teníamos agendado y todo cuanto hacíamos ya no lo podíamos hacer. No, al menos, como era costumbre hacerlo. De pronto dejamos de ver a la gente cara a cara, perdimos ese contacto tan importante cuando hablamos y conjugamos el verbo evangelizar.

De repente, todo nuestro público, nuestros espacios, nuestros pasillos, nuestros lugares de reunión, nuestros talleres improvisados de cartelería, de preparación de convivencias,  nuestras  salas de interioridad, nuestros atrezos y ambientaciones dieron paso a algo desconocido y, desde el inicio, excesivamente raquítico para lo que estábamos acostumbrados en pastoral. Había llegado el mundo de la teledocencia como único recurso posible. No había otra. Había llegado la pastoral de los pantallazos, de las videoconferencias, del «imagínate que estás…». De la noche a la mañana, las visualizaciones fueron casi lo único que podía transportarnos a otro lugar.

Pero lejos de apagarse el ardor y las ganas de seguir adelante con nuestra misión, al igual que en todo el resto de los ámbitos de la escuela, la pastoral vio en este nuevo panorama, nuevas oportunidades.

Tantos años hablando de la importancia de las emociones, del acompañamiento, del personalizar itinerarios, de ocuparnos de los últimos, de hacernos cargo, cargar y encargarnos de la realidad, de valorar el silencio, de disfrutar de lo que somos, de vivir nuestro “ser familia” con más hondura y profundidad,  de  tener  tiempo  para  lo  esencial, para rezar más y mejor, para encontrarnos con la Palabra, para sentir en lo cotidiano la presencia de Dios en nuestra vida, de sentirnos habitados, de involucrarnos vitalmente en la suerte de otros… y, de repente, ahí estaba la oportunidad.

Y aunque nunca di crédito alguno (aunque lo deseaba) a las noticias y los documentales que insistían, una y otra vez, en lanzar ese mantra de que la gente iba a salir de la situación provocada por la pandemia, más fortalecida, más humana, mejor, más comprometida, más solidaria, más equilibrada, más satisfecha del trabajo y la entrega de los otros, sí que me planteé durante los meses de confinamiento y los posteriores meses de regreso a la normalidad, que para la evangelización en la escuela, que se hace visible de manera especial y concreta (que no única) en la pastoral escolar, esta situación era un toque de atención para lo que la Iglesia y la sociedad actual necesita de nosotros.

Y esta situación en la que vivimos, aunque con el deseo cada vez más fuerte de que termine cuanto antes, nos ha hecho descubrir o redescubrir muchas cosas que curiosamente tienen que ver con el cuidar, con el cuidado y con el cuidarnos.

Nos hemos visto:

Redescubriendo lo cotidiano.

Redescubriendo el valor de la presencia.

Redescubriendo el contacto y la cercanía.

Redescubriendo el valor de la atención.

Redescubriendo el sabernos habitados.

Redescubriendo la oración confiada.

Redescubriendo el valor del silencio y de la soledad.

Redescubriendo el sentido de la propia libertad.

Redescubriendo la posibilidad de la entrega y la solidaridad como respuesta.

Redescubriendo el sentido de la pertenencia.

Y en ese descubrir y redescubrir tantas cosas esenciales, me permito compartir con vosotros algunas anotaciones para una evangelización cuidada, cuidadosa y cuidante que son, sin duda, apuestas de fondo para nuestras dinámicas pastorales en la escuela y que requieren de todos nosotros trabajo, opciones y poner en marcha iniciativas y acciones bien fundamentadas y debidamente cuidadas.

Estas anotaciones pastorales, que pueden ayudarnos a cuidar más la pastoral escolar y a que nuestra pastoral lo sea “de cuidado”, son las siguientes:

Sonrisa que ensancha corazones: la alegría del evangelio como seña de identidad de nuestra pastoral escolar.

Conversación más que cátedra: una pastoral escolar dialogante e inteligible.

Vivir la vida con y por los demás: una pastoral escolar desde la fraternidad para la fraternidad.

El valor de lo pequeño: una pastoral escolar de gestos y detalles.

Discernirlo todo: una pastoral escolar que propicia acompañar desde el espíritu.

Descentrarse para centrarse: una pastoral escolar que habla del abajamiento (kénosis).

Sentir y cuidar con la Iglesia: una pastoral escolar que es parte de la Iglesia en salida.

Ser profecía: una pastoral escolar que habla de Dios y en su nombre.

Dar esperanza: una pastoral escolar empeñada en dibujar horizontes.

Orar: una pastoral escolar empeñada en fundamentar bien la vida.

En estos tiempos y en todo tiempo, cuidar forma parte fundamental de nuestra propuesta evangelizadora. Y en ello debemos seguir trabajando. Y en ello queremos seguir invirtiendo y creciendo. Y en ello debemos hacernos expertos porque el mismo Jesús, al que anunciamos y celebramos en la escuela, fue un pastor de cuidado y del cuidado.

Mirando el mundo tal y como está, no hay duda de que necesita una revolución. Necesita una revolución ecológica, política, social y económica, pero fundamentalmente necesita una revolución de los cuidados. Necesitamos cuidar desde la cercanía, la escucha, el afecto y la ternura, desde la atención y la presencia, desde la gratuidad, la gratitud y la benevolencia, desde la confianza y la apertura de corazón. Nuestras escuelas pueden hacerlo desde el cuidado de la pastoral y la pastoral del cuidado.

ÓSCAR ALONSO PENO
Responsable del Área de Pastoral de la
Fundación Educativa Católica (FEC)

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