Hace unos días, veía en la televisión un partido de fútbol en el que uno de los dos equipos era claramente superado por el otro. En una jugada aislada, este equipo, abrumado por la mayor calidad y acierto del contrario, logró meter un gol, casi casual, algo ridículo e inesperado, pero un gol al fin y al cabo. A partir de entonces, el partido cambió y los más torpes se volvieron los dueños de la situación. Parecía mentira que los que antes eran sistemáticamente humillados, ahora se habían convertido en un acorazado inexpugnable. El abigarrado y prolijo comentarista argentino concluyó: “La confianza es la escalera que te lleva a la cima, da igual de dónde vengas”.

La mayoría de las reformas educativas que se han emprendido en los últimos tiempos se han centrado en el “qué enseñar” y “cómo enseñar”, es decir, en el currículo y la metodología. Eso está bien y ha producido avances muy significativos en la práctica educativa. La irrupción de las nuevas metodologías en las escuelas españolas durante la última década ha logrado transformar la educación y ponerla al servicio del hombre y de la mujer de la sociedad moderna. Pero creemos que esta transformación ha sido ciertamente insuficiente. Hemos centrado la reforma en factores cognitivos y han quedado en segundo plano –no digo que se hayan abandonado– aquellas cuestiones que tienen que ver con la construcción de la persona. Y no hay que olvidar que los factores no cognitivos (la opinión que los alumnos tienen de sí mismos, sus objetivos en la escuela, su capacidad de control,  etc.)  pueden ser más cruciales en  la  formación  y  desarrollo de las personas que los temas relacionados con los contenidos y las metodologías. Uno de estos factores no cognitivos, quizás el más importante, es la confianza.

Ofrecer a los alumnos un clima de confianza es reducir de golpe la complejidad del futuro. Es un proceso parecido al que sucede con los niños que son y se sienten muy amados en la infancia: suelen ser adolescentes y adultos más seguros de sí mismos,

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más felices, más asertivos que los niños que han tenido carencias emocionales durante la crianza. Cuando un niño encuentra en el colegio un entorno de confianza, tiene una base sólida para emprender cualquier aprendizaje. La confianza disuelve el miedo, permite mirar al futuro con optimismo y reduce la incertidumbre.

Esta capacidad de aprender en confianza ha sido representada muchas veces en lo que se ha llamado el efecto Pigmalión. La versión moderna del mito clásico de Pigmalión procede de la obra de teatro homónima del escritor irlandés Bernard Shaw: el profesor Henry Higgins escoge a una florista, Eliza Doolittle, “sacada literalmente del arroyo” para transformarla artificialmente en una dama de la alta sociedad, capaz de presentarse ante la reina de Inglaterra sin llamar la atención sobre su origen. La mirada del profesor Higgins sobre Eliza consigue el milagro de transformarla, no solo en la superficie, sino también en toda su persona. La propia Eliza lo dice en un momento en el que el profesor Higgins se muestra especialmente severo con ella: “Una de las cosas que he podido aprender es que la diferencia entre una dama y una florista no está en su comportamiento sino en cómo la tratan. Siempre seré una florista para el profesor Higgins porque siempre me ha tratado y me tratará como a una florista. Pero para el coronel Pickering siempre seré una dama porque como a una dama me ha tratado y siempre lo hará así”.

Aunque esto no sea más que un ejemplo literario, ilustra de manera excelente la forma en la que la confianza puede transformar a las personas, abriéndoles unas perspectivas que antes estaban fuera de su alcance. Este mito literario, adaptado por Bernard Shaw, ha tenido numerosas secuelas cinematográficas, con adaptaciones más o menos afortunadas, aunque casi siempre exitosas, como es el caso de la célebre película Pretty Woman.

Los colegios corazonistas optamos por la pedagogía de la confianza como principal propuesta educativa. La tradición nos viene desde antiguo. A principios del siglo XIX, un sacerdote de Lyon, el Padre Andrés Coindre, concibió la idea de abrir un centro educativo para los jóvenes que salían de la prisión y que hasta entonces se habían considerado ineducables. Unas dosis adecuadas de confianza, compasión y esfuerzo podían conducir a estos jóvenes a salir del estado de postración en el que se encontraban y convertirse en artífices de su propio futuro.

Hoy, 200 años después, la educación en los colegios corazonistas sigue basándose en los mismos principios que inspiraron al fundador, a pesar de que el tipo de alumno tenga poco que ver con el de los orígenes. Estas son las tres claves del Proyecto Confianza.

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Hace unos años, en Canadá, en el colegio El ancla, apareció un joven particularmente violento. Inauguró el primer día con insultos hacia el profesor, peleas con sus compañeros, objetos volando por la clase, etc. El director, un hombre especialmente curtido en estas lides, lo llamó a su despacho: “Tengo que decirte tres cosas –dijo el director–. La primera es que no te tengo miedo (cosa que no era cierta). La segunda es que eso de los gritos, las mesas volcadas y las sillas volando, se ha acabado. La tercera es que, a partir de ahora, cuando yo te diga ‘haz esto’, tú dirás ‘sí, señor’ y lo harás; y cuando te diga ‘haz aquello’, tú dirás ‘sí, señor’ y lo harás; y cuando te diga ‘vete a lavar mi coche’, tu dirás ‘sí, señor’ y lo harás. Estas son las tres condiciones para que no te expulse inmediatamente de esta escuela”.

Algunos años más tarde, el director vio entrar en su despacho un hombre joven, de buen aspecto, que a modo de saludo le dijo: “Señor, vengo a lavarle el coche”. En la conversación posterior, el joven explicó que estaba en tercero de facultad preparándose para ser profesor de matemáticas.

Este joven comprendió desde el principio que, en esa escuela, alguien quería tomar la responsabilidad de su educación. Había pasado por muchos otros sitios donde siempre estaba en primer plano lo que era capaz de aprender y lo que no. Por eso, el fracaso se había instalado en su vida. El principio de todo acto educativo es una relación entre el profesor y el alumno. Para el profesor, la relación siempre comienza por saber el nombre de su alumno y tratarlo siempre con respeto. También es necesario saber algo sobre su vida y buscar las actitudes positivas. Decía McLuham que el medio es el mensaje. En educación, el mensaje es la persona. Por eso es clave la figura del profesor. Son importantes los conocimientos que transmite, pero es igualmente importante lo que transmite su persona: la bondad, la honradez, el sentido de la justicia, la solidaridad. La figura del maestro es vital en la escuela y no puede ser sustituida por nada, porque está claro que los métodos, por sí mismos, no generan ni interés ni confianza. El mejor recurso de un aula es el maestro. Ningún recurso sustituirá jamás la experiencia, la paciencia, el cariño, el conocer con detalle a cada alumno, la pasión que contagia, la actitud que levanta cualquier ánimo. Ningún otro recurso puede educar desde el corazón. El maestro, sí.

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El joven profesor llegó al instituto con ganas de comerse el mundo. Creía poco en los métodos tradicionales en los que se había desarrollado su propia educación, por eso decidió emplear en sus clases una metodología basada en la participación y el aprendizaje cooperativo. El éxito fue absoluto. Los alumnos se mostraban felices y, además, aprendían. Sin embargo, el joven profesor miraba con el rabillo del ojo a Don Germán –así le llamaban los alumnos–, un profesor ya entrado en la cincuentena y con fama de exigente. Sus clases eran un modelo de disciplina y de trabajo, con un ambiente siempre centrado en la tarea, sin tiempo para intercambio de opiniones ni procesos democráticos sobre el aprendizaje. A medida que avanzaba el curso, el joven profesor se fue dando cuenta de que Don Germán era uno de los maestros más queridos del instituto. No importaba que, por la edad, ya hubiera perdido la complicidad generacional con sus alumnos ni que sus clases no fueran especialmente divertidas. Se lo confirmó una joven alumna en la clase de tutoría: “Se nota que Don Germán nos quiere y por eso quiere que aprendamos. En esto, pocas bromas”.

No hay que olvidar que los niños y jóvenes vienen a la escuela también a aprender. Es decir, a adquirir unos conocimientos de la manera más efectiva y rápida posible. No se les puede engañar ni tampoco a sus padres. En los años 90 se puso de moda la autoestima como valor educativo. El maestro debía favorecer por todos los medios que el alumno se sintiera bien con los logros alcanzados, muchos o pocos, mediocres o excelentes. La autoestima se entendió mal y terminó siendo un concepto inútil por haber alcanzado la incompetencia de la alabanza universal. Hoy en día, existe un movimiento mucho más coherente con respecto a los aprendizajes. Dice Carol Dweck que no hay que felicitar a los niños por lo que han hecho bien, sino por el esfuerzo empleado para conseguirlo o por la novedad del pensamiento que se ha puesto en juego. Distingue la autora entre dos tipos de mentalidades, dependiendo de las creencias sobre cómo funciona la inteligencia. Los alumnos que tienen una mentalidad “fija” suelen estar más preocupados de probarse a sí mismos que de evolucionar. Están muy centrados en sus capacidades, lo que conduce a la inseguridad, la frustración y los sentimientos negativos: “He suspendido porque soy estúpido”. Los estudiantes que tienen, sin embargo, un pensamiento positivo sobre su inteligencia, ante un idéntico fracaso reaccionan como si se tratara de una oportunidad o un reto. Piensan “tengo que cambiar de estrategia o tengo que intentarlo con más empeño”. Esto permite que los estudiantes valoren el esfuerzo como un proyecto a largo plazo. Es un buen camino para afrontar cualquier aprendizaje de modo realista, partiendo del conocimiento de la persona y del respeto que merece su individualidad.

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Ben Carson es un cirujano, pediatra, escritor y político estadounidense. Ha ocupado cargos importantes en la administración y fue Secretario de Vivienda y Desarrollo Urbano. A pesar de un currículum tan brillante, su infancia no fue fácil. Describe su paso por la escuela de esta forma tan descarnada: “Ninguno de mis compañeros tenía que preocuparse de quién era el que sacaba las peores notas en los exámenes. Se puede decir que yo era como la red de seguridad de la clase. Ni que decir tiene que mi autoestima cayó en barrena junto a mis expectativas académicas. Incluso me reía de los chistes que hacían los otros sobre mí. Para soportar el ridículo me reía mucho y adoptaba una actitud despreocupada como si no me importara ser el estúpido de la clase”.

El amor de su madre, la fe absoluta que puso en que su hijo era capaz de cambiar, el esfuerzo constante, consiguieron revertir la situación y poner esperanza donde solo había incertidumbre y miedo. Tener fe en la capacidad de cambio y de crecimiento exige algo más que el mero esfuerzo intelectual  de  comprender  que  el  alumno  tiene carencias en el aprendizaje y establecer unos ejercicios para superarlas. Cuando se trabaja con niños, y especialmente con adolescentes, son necesarias dosis infinitas de amor y paciencia: estar preparados para desandar en un día el camino que se ha recorrido durante meses, asistir a cambios de humor y conducta que no responden a ninguna justificación conocida, escuchar las ideas más peregrinas que uno pueda imaginar, esperando solo a que un día salga de nuevo el sol de la razón. La tentación del adulto es centrarse en los contenidos que hay que aprender y abandonar la educación de la persona, justo cuando más lo necesita. Pero hay que resistir y acompañar a los jóvenes en los procesos de crecimiento.

Solo podemos terminar con las mismas palabras con las que comenzábamos, aquello que dijo el florido comentarista de fútbol: “La confianza es la escalera que te lleva a la cima, da igual de dónde vengas”.

JAVIER MARQUÍNEZ
Coordinador del Equipo de Misión y Titularidad Colegios del Sagrado Corazón-Corazonistas

Bibliografía

Shaw,  G.  (2016).  Pigmalión.  Madrid: Cátedra.

Sanctorum, R. (2020). Cambiar la mirada. Madrid: Publicaciones Colegios Corazonistas.

Luri, G. (2010). La escuela contra el mundo: El optimismo es posible. Barcelona: Editorial CEAC.

Cristóbal, R. (2012). El niño en la mirada del conocimiento: Una pedagogía de la confianza. Valladolid: La Infancia.

Dweck, C. (2017). Mindset. Changing the way you think to fulfill your potential. Londres: Little Brown Book Group.

VV.AA. (2020). Los valores del Proyecto Confianza. Madrid: Publicaciones Colegios Corazonistas.

Carson, B. (2015). America the Beautiful: Redisco- vering what made this nation great. Grand Rapids: Zondervan.

Abstract

Progress has been made in education over the years through thorough reflections on what and how to teach (curriculum and methodologies). The positive transformation has however been incomplete, as non-cognitive factors that are crucial to whole child development have been neglected. One of these factors, as sustained by the author, is trust. Providing students with a trusting environment means reducing the complexi- ty of the future and boosts students’ con- fidence, happiness and assertiveness, in the same way as an emotionally supporti- ve upbringing does. High expectations and a growth mindset are cornerstones of this spirit of trust, along with infinite amounts of love and patience, making it possible to accompany young people on their growth journeys.

Meaningful school transformation requires asking big questions, a thorough reflection and an articulate plan. In the beginning of the school year  2018-19,  fifteen  schools of Fundación Educativa Santísima Trini- dad (FEST) and five congregations of the trinitarian family embarked on the journey of moulding a common strategy based on their trinitarian charisma. This article pre- sents the different stages and questions that guided the decision-making process. From analyzing the starting point and defi- ning vision and goals, to deciding on which interactive, mediatic, emotional, active and inductive methodologies and assessment methods would foster the desired student competences, a strategy for professional development was developed and executed. In addition to exposing both the process of innovation and its outcomes, the article shares how the deeper foundations such as identity, values and attitudes have guided the transformation.

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