
«Educar es un acto de esperanza»
Papa Francisco
Antes de hablar de modelos, recursos o estrategias, vamos a parar y pensar en un alumno con necesidades educativas especiales de nuestros centros. No en su diagnóstico, ni en su informe, ni en la adaptación que “toca” hacer. Pensemos en su nombre. En su modo de llegar por la mañana. En aquello que le tranquiliza y en lo que le desborda. En su forma de pedir ayuda —a veces con palabras, a veces con silencio—. Ahora miremos la portada de este número: Educar desde la mirada, Redes que sostienen, Leer sin barreras, IA para el talento diverso. Cuatro afirmaciones que, leídas despacio, no son cuatro temas: son cuatro decisiones que debemos repensar.
La primera es educar desde la mirada. No la mirada que clasifica, sino la que reconoce. La que entiende que la inclusión no empieza en el recurso, sino en el modo en que nos situamos ante el otro: con paciencia, con altas expectativas realistas, con la convicción de que toda persona aprende si encuentra un entorno que la acoge y la desafía a la vez. Educar desde la mirada es preguntarnos cada día qué parte del contexto está dificultando el aprendizaje y qué parte de nuestra cultura escolar puede abrir puertas. Es, en el fondo, poner el foco donde más importa: en la dignidad del alumno y en su derecho a participar.
La segunda decisión, tejer redes que sostienen, nos recuerda que la inclusión necesita seguridad afectiva: un ecosistema estable, predecible y confiable, donde las relaciones actúan como refugio y base segura para aprender. Cuando el alumnado se siente cuidado, el cerebro deja de estar en modo defensa y puede explorar, comprender y crear. Y esa seguridad no es solo “cosa de familias” ni solo “tarea del tutor”: es una red. Red de profesorado, equipos de orientación, compañeros, familias, liderazgo directivo y políticas que habilitan tiempos, formación y recursos. La pregunta, entonces, no es únicamente “¿qué apoyo necesita este alumno?”, sino también “¿qué red necesita esta comunidad educativa para sostenerle —y sostenerse— sin agotarse?”.
La tercera decisión es leer sin barreras. Leer no es únicamente descifrar signos; es acceder a la cultura, a la autonomía y a la participación. Por eso, cuando un alumno no puede leer como los demás, el reto no es “rebajar” la experiencia, sino rediseñarla: accesibilidad cognitiva, materiales graduados, lectura compartida, tecnologías de apoyo, tiempos diferentes, caminos diversos hacia un mismo horizonte. Leer sin barreras es asumir que el derecho a comprender el mundo no puede depender de una única puerta de entrada. Es convertir la accesibilidad en una forma habitual de enseñar, no en una excepción que se introduce a última hora.

La cuarta decisión es integrar la IA para el talento diverso con criterio pedagógico y conciencia ética. La inteligencia artificial puede multiplicar la personalización, ofrecer apoyos en tiempo real y derribar barreras de comunicación, pero también puede introducir sesgos, generar dependencia o vulnerar la privacidad si se implementa sin gobernanza ni formación. La IA no sustituye la relación educativa; la ensancha cuando el docente sigue siendo el mediador crítico. La pregunta clave no es “¿qué herramienta usamos?”, sino “¿para qué fin educativo, con qué garantías y con qué evaluación de impacto en el alumnado más vulnerable?”.
En el fondo, estas cuatro decisiones dialogan con una convicción de largo recorrido: cada tiempo trae sus propios retos, y la respuesta educativa se construye con memoria y con esperanza. La historia nos sitúa en un camino de derechos conquistados —a veces contra la invisibilidad, el estigma y la pobreza— y nos recuerda que el presente exige nuevas alianzas: escuela ordinaria y especial avanzando coordinadas para ofrecer a cada alumno una respuesta educativa ajustada a su necesidad y a su momento.
Este número propone un horizonte inclusivo, pero no como eslogan: como práctica cotidiana. Mirar de otro modo. Conectar de otro modo. Y discernir. Estas páginas nos enseñan que la inclusión no se improvisa: se sueña, se acompaña y se sostiene en comunidad.
Volvamos al alumno con el que empezábamos. Tal vez hoy la mejor pregunta para su equipo de educadores no sea “¿qué le falta?”, sino “¿qué necesita de nosotros para poder estar, aprender y crecer con los demás?”. Ahí empieza todo.
IRENE ARRIMADAS GÓMEZ
educadores@escuelascatolicas.com
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