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hora, más que nunca, en medio de este contexto COVID-19 que nos está haciendo replantearnos todo (sistema, estructuras, medios, espacios, tiempos…), se ha puesto de manifiesto una vez más que debemos seguir dirigiendo nuestra mirada a todos y cada uno de nuestros alumnos, y en especial, a los que más lo necesitan, a los más desfavorecidos. La situación actual sigue demandando ejercer nuestra tarea como educadores con un alumnado muy heterogéneo por numerosas razones que se han visto potenciadas, no solo en cuanto a su individualidad como estudiantes, sino también como personas que viven situaciones de discapacidad o socio-familiares adversas.

Quién nos iba a decir que en pleno siglo XXI y a nivel mundial sería necesario renovar esfuerzos para continuar transformando los ámbitos educativos en comunidades más equitativas e inclusivas, donde todo alumno tenga cabida. Esta es una de las batallas que la escuela católica ha venido librando desde sus inicios. También la Unión Europea, el FMI o la OCDE nos señalan los efectos nocivos que tiene la injusticia y la falta de equidad sobre el crecimiento económico, la innovación y la cohesión social (como nos documenta el informe de REDE sobre equidad recientemente publicado). El bienestar del conjunto de la sociedad requiere elevar el nivel formativo y afectivo-emocional de toda la población, especialmente el de aquellos que ahora se quedan atrás.

Pero cuando hablamos de equidad, no todos pensamos lo mismo, y su significado puede ser discutido. Según la Agenda 2030, la equidad, junto a la calidad y la inclusión, son la base que debe contribuir al bienestar y sostenibilidad de nuestro planeta. La calidad y la equidad no es un binomio  irreconciliable, como tampoco lo es la equidad con la excelencia, como nos demuestra PISA cuando concluye que algunos de los países con mejor rendimiento también son los más equitativos.

Es imprescindible que cada uno arrimemos el hombro para romper esos “techos de cristal” que impiden desarrollar las potencialidades y virtudes de cada alumno, sacarlas a la luz, y comprobar que no solo les benefician a ellos, sino a toda la comunidad educativa y a la sociedad en general. La equidad de los aprendizajes depende de procesos sociales, económicos y culturales interconectados dentro y fuera de la escuela y de las políticas no solo educativas. Ejerciendo cada uno nuestras responsabilidades, haciendo gala de la autonomía en las actuaciones de los centros escolares, y provistos de los recursos adecuados, podríamos plantearnos qué debemos seguir haciendo para que la sociedad sea cada vez más justa.

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Nuestras intervenciones no pueden limitarse solo a programas de educación no formal o informal (aunque son muy válidos), sino actuar también en el currículo, la evaluación, la metodología, la organización del aula y el centro educativo. Para personalizar el aprendizaje y atender adecuadamente a la diversidad del alumnado es necesario un currículo más competencial e inclusivo, y conocer en profundidad cómo se aprende y cómo se enseña para ajustar la ayuda pedagógica. Reducir los niveles de repetición parece que todavía no es una realidad a pesar de que numerosas investigaciones internacionales recomiendan su supresión al demostrar que es una medida ineficaz para el aprendizaje, ineficiente por su elevado coste, que provoca abandono y fracaso escolar y que es socialmente injusta. A su vez, la calidad de la enseñanza al servicio de la equidad depende en gran medida de la coherencia de los docentes que comparten un mismo proyecto educativo con identidad que dé sentido a sus actuaciones y que reflexionan en equipo, también con las familias, y en la cooperación entre centros educativos en redes de aprendizaje. Y cómo no hablar del gran tema durante la pandemia: la brecha digital. Los expertos proclaman que competencia digital es la nueva alfabetización, pero todos sabemos que la desigualdad no está tanto en el acceso a la infraestructura tecnológica sino en el uso que se hace de ella.

Para seguir avanzando juntos, queremos compartir este monográfico de Educadores en abierto para toda la comunidad educativa, con la intención de ser una invitación a la reflexión, para compartir experiencias y soñar que una educación de calidad con equidad sigue siendo posible, aún en tiempos que nos siguen poniendo a prueba.

IRENE ARRIMADAS
@iarrimadas

EDICIONES SM
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