Estamos a las puertas de un nuevo curso en el que volveremos a poner en marcha toda la maquinaria o, mejor dicho, volveremos a poner a velocidad de crucero todas las naves que dirigimos y acompañamos. Y mirando hacia atrás con perspectiva, la verdad es que, en el curso pasado, no nos fue mal. El curso comenzó plagado de incertidumbres y miedos, y a medida que fueron pasando los meses y las diferentes etapas del mismo (Navidad, Semana Santa, mes de mayo…) todos fuimos acogiendo, con cautela, una nueva manera de hacer escuela que cada vez se parecía más a la escuela de la que veníamos: más contacto, menos distancias, más encuentros, menos grupos burbuja, más alegría y menos sentimiento constante de vulnerabilidad. 

No fue un curso fácil, porque además del inmenso esfuerzo por normalizar todo, al finalizar el curso sentimos en nuestras propias carnes que estábamos cansados, a veces muy cansados y, en ocasiones, extenuados. Con la sensación de que la velocidad a la que íbamos no nos estaba dejando tiempo para gustar internamente las cosas y, sobre todo, no nos estaba permitiendo abordar las cuestiones con el debido discernimiento que necesitaba cada cosa. Dedicamos mucho tiempo y energías a reponernos, y ahora es tiempo de reflexionar sobre el cuidar y sobre el cuidado. 

Toda la situación vivida en la pandemia nos ha enseñado muchas cosas y ha puesto de manifiesto nuestros aciertos y nuestras carencias, nuestros descuidos y nuestras áreas de mejora en todos los ámbitos educativos, pero de manera especial y determinante en la dinámica de animación pastoral de la escuela, incluida en ese proyecto de escuelas evangelizadoras en el que se encuentran inmersos todos los colegios católicos de nuestro país. En todo este tiempo se ha puesto de manifiesto que el cuidar y el cuidado son un signo identitario de nuestra escuela. Un cuidado y un cuidar leídos y puestos en práctica no desde el simple asistencialismo, sino desde los rasgos esenciales que el evangelio nos dibuja y que saben a Jesús, a bienaventuranza, a sanación, a búsqueda, a entrega, a comunidad y a ser sacramentos del Reino en medio de nuestros educadores y de nuestro alumnado. 

Creo que sería una pena (y un error) mirar atrás y sencillamente darnos por satisfechos con haber “salvado los muebles”, con haber sacado los centros educativos adelante un curso más, o hacer una evaluación superficial de todo lo vivido o creer que todo lo que hemos conseguido hacer y recuperar ha sido solo fruto de nuestro gran trabajo y mejor esfuerzo, o que el cuidar, del que todo el mundo ha hablado durante dos años, fuese una moda educativa o pastoral más, de esas que ocupan cursos e inundan las estanterías de autoayuda, pero que no han calado en nuestro ser y hacer como escuelas católicas.

Realmente, el cuidar y el cuidado reclama de nosotros y de nuestras instituciones una revolución. Tenemos una oportunidad excepcional para reordenar prioridades, para apostar con valentía por aquello que nos significa, por seguir poniendo en el centro de todo nuestro ser y hacer a las personas (educadores, alumnado y familias), por transformar algunas de nuestras prácticas evangelizadoras (muchas de ellas heredadas de otros tiempos y de perfiles que ya no existen), por situarnos realmente en salida después de haber estado y experimentado dentro (en casa) lo que supone seguir a Jesús, lo que conlleva creer en él y tenerle como referente de todas nuestras dinámicas institucionales. Sin duda, tiempo propicio para una revolución de los cuidados para nuestra pastoral escolar.

Los términos cuidar y cuidado esconden, en sí mismos y en el uso que en nuestra lengua tienen, muchos significados y son más que un verbo y un sustantivo. Son pensamiento y acción, y tienen mucho que ver con la presencia, con el afecto y con la ternura. 

Etimológicamente, el verbo cuidar viene del sustantivo anticuado coidar y originalmente proviene de la palabra latina cogitare (que significa «pensar»). Cuidar puede conjugar de manera reflexiva (tener un uso con pronombres reflexivos) como cuidarme, cuidarte, cuidarse, cuidarnos y cuidaros. 

El verbo cuidar, según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, tiene entre otras acepciones, “poner diligencia, atención y solicitud en la ejecución de algo y asistir, guardar, conservar y vivir con advertencia respecto de algo”. En otros diccionarios encontramos, además, acepciones como custodiar, amparar, resguardar, proteger, conservar, velar, ocuparse, preocuparse, asistir, servir y dar cuidados. Cuidar significa también discurrir, pensar, reflexionar, razonar, calcular, o meditar. Creo que esta acepción es muy importante tenerla presente para no caer en la tentación de pensar que cuidar es algo volcado únicamente hacia la atención y el asistencialismo hacia algo o hacia alguien, sino que cuidar es también, y anterior a todo lo demás, razonar y pensar, es decir, poner inteligencia a la acción, dar un cuerpo de pensamiento al cuidado. No se cuida por nada: se cuida porque se piensa primero por qué hacerlo, desde dónde hacerlo, para qué hacerlo y cómo hacerlo. Cuidar requiere pensar y actuar desde lo que se piensa. Un subrayado muy importante para cuando hablamos de una revolución de los cuidados en la pastoral de nuestras escuelas. 

Me llama la atención la cantidad de sinónimos que tiene el término cuidar: atender, asistir, encargarse, responsabilizarse, ocuparse, guardar, velar, vigilar, proteger, defender y hacerse cargo. Todos estos verbos ¡tienen tanto que ver con nuestra labor pastoral! Todos ellos aluden a ese acompañamiento que nos encantaría que fuese una de las notas distintivas de nuestras escuelas y de su oferta evangelizadora. 

 Por otro lado, cuidado es un término complejo o policromático. Además de ser el participio del verbo cuidar, es un adjetivo que alude a aquello que recibe atención, un sustantivo, que significa poner interés por la preservación de algo y, finalmente, es también una interjección que se usa para advertir de un peligro a alguien o para llamar la atención sobre algo o alguien. 

 Y los sinónimos de cuidado son atención, cautela, consideración, cortesía, miramiento, prudencia, respeto, guardia, tutela, atención, control, custodia, defensa, protección, celo, dedicación, desvelo, escrupulosidad, esmero, precaución, responsabilidad, prevención, previsión y buenas manos. De nuevo, una lista preciosa repleta de acciones y expresiones que nos lleva, sin forzar, a lo mejor del ser humano, a todo aquello que las personas somos capaces de hacer por los otros cuando descubrimos en ellos su valor único e irrepetible, cuando nos descentramos y dejamos que los otros ocupen el eje de nuestra vida y de todas nuestras acciones. 

Cuidar y cuidado son mucho más que un verbo y un sustantivo que queremos que estén presentes de modo constante en nuestra propuesta evangelizadora, de modo que todo cuanto se anuncie, se celebre, se viva comunitariamente y se sirva, se haga conjugando, para cada ocasión, el cuidar y el cuidado, que en nuestras instituciones educativas siempre tienen en el centro a la persona, a toda la persona y a todas las personas. Parafraseando al papa Francisco: “hay que tener siempre en cuenta a la persona. Y aquí entramos en el misterio del ser humano. En esta vida Dios cuida a las personas y es nuestro deber cuidarlas a partir de su condición”. 

 

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ALKORA

En la persona de Jesús de Nazaret se dan cita todos los elementos en torno al cuidar y al cuidado. Aquel “judío de Galilea, vecino de Nazaret, trabajador, buscador de Dios, profeta itinerante del reino de Dios, amigo de la vida, poeta de la compasión, curador de la vida, liberador de demonios, defensor de los últimos, amigo de pecadores, amigo de la mujer, maestro de la vida, creador de un movimiento renovador, creyente fiel, orante, conflictivo y peligroso, coherente hasta el final, mártir del reino de Dios, resucitado por Dios, mesías, hombre nuevo, sumo sacerdote, Señor, Palabra de Dios encarnada, Hijo de Dios”[1] apareció en escena en la Palestina de su tiempo y le dio la vuelta a lo de siempre. 

No lo suprimió, lo llevó a cumplimiento. No lo negó, lo afirmó con su propia vida. No lo impuso, lo expuso desde su vida expuesta y compartida, itinerante y desapropiada. En Jesús es muy fácil encontrar a un hombre descuidado en lo superficial, descuidado de todo aquello que nos aparta de nuestra verdadera vocación y, sin embargo, muy cuidadoso en todo lo referente a lo humano, al sentido profundo de la vida, a las relaciones, a las conductas, a los ritos, a los gestos y a las palabras oportunas, a sanar heridas, a restituir dignidades, a comprometerse por causas ignoradas por la mayoría, a involucrarse hasta el final en todo lo que significa donación, compasión y misericordia.

Cualquiera de nosotros, si se entretiene un ratito en releer los diferentes episodios de cualquiera de los evangelios o de todos ellos desde la perspectiva del cuidar y del cuidado, se dará cuenta de inmediato que lo de Jesús fue, fundamentalmente, estar atento, hacerse cargo, ser solícito, agacharse para levantar a otros, abajarse para salvar a todos. 

¿Cómo cuidaba Jesús? ¿Quiénes fueron el objeto del cuidar de Jesús? ¿Podemos afirmar, sin forzar el sentido de los textos, que Jesús pasó y se dedicó a hacer el bien como asegura el libro de los Hechos (Hch 10,38) y que ese bien lo hizo fundamentalmente cuidando y siendo cuidadoso de los confiados a él y de todos los que en él confiaron?

Dicha relectura de los evangelios nos descubre a un Jesús que se ocupaba, que cuidaba de los enfermos, de los juzgados, de los perseguidos, de los que hacían el bien, de los misericordiosos, de los que vivían bajo el yugo de la ley, de los desesperanzados, de los que se jugaban el tipo por los demás y de los que trabajaban con sus manos para otros. 

Y de todos los textos, podríamos decir que el buen samaritano es el paradigma del cuidador cuidadoso. Y es que, como afirma José Laguna, “la parábola del buen samaritano forma parte del patrimonio literario y ético de la humanidad. El ejemplo del samaritano compasivo desborda su contexto religioso originario para convertirse en referente ineludible de personas e instituciones dedicadas a cuidar, a vendar las heridas de los apaleados y despojados que, en toda época histórica, han sido arrojados a las cunetas de los sistemas sociales vigentes”[2].

El samaritano, que bajo mi punto de vista es el modelo de persona competente espiritualmente, lo es precisamente porque ha desarrollado una serie de capacidades que van mucho más allá y mucho más abajo que el mero cumplimiento de la Ley o el mero desempeño de una tarea. 

El samaritano nos presenta la capacidad de caminar por la vida con los sentidos abiertos, con flexibilidad, con disponibilidad ante lo nuevo que llega, con capacidad de conducta alternativa y, finalmente, con capacidad de gratuidad. El samaritano encarna y aglutina en todas estas capacidades el sentido profundo del cuidar y, por ende, el cuidado de y hacia los otros. Y es que este relato tan determinante del evangelio es en sí mismo una propuesta evangelizadora desde la perspectiva del cuidar y del cuidado, una ruta evangelizadora para poder ver cómo se realiza y se traduce en la vida aquello que creemos, el mandamiento del amor sin glosas ni traducciones acomodaticias. La narración nos recuerda la respuesta de Jesús a la pregunta por lo que es más importante. Y la respuesta de Jesús está en señalar el amor a Dios y el amor al prójimo como algo que van juntos, de la mano y que no puede obviarse ni convalidarse con cumplimiento alguno en otros ámbitos como los legislativos o los rituales. Lo primero es lo primero. Y lo primero, en cristiano, es el otro, porque precisamente es allí donde el Otro se manifiesta de manera más fehaciente. 

Cuidar de los otros resulta ser una de esas ideas troncales que Jesús no quiere que se olviden o que se practiquen si uno puede o si le apetece o si resulta que se da el caso de hacerlo. El cuidar de los otros se convierte en un modo tangible de ese amor incondicional del que habla Jesús en el evangelio. 

Y es que cuidar es una actitud, interna y externa, muy de Jesús. En los textos evangélicos descubrimos a un Jesús que se hacía cargo de lo que le sucedía a la gente, se cargaba con ello, se encargaba de ello y se dejaba cargar por todas esas cruces de la gente. En Jesús, el cuidar y el cuidado no son algo anecdótico, sino que son precisamente algo nuclear y distintivo [3]

Es por todo ello que debemos preguntarnos si nuestra propuesta pastoral posibilita esa misma experiencia del cuidado. Hemos de preguntarnos si nuestra propuesta pastoral abre los ojos para ver, ayuda a generar compasión (la del padecer-con), a propiciar acercamiento (cargado de hospitalidad) a vendar heridas (no para ocultarlas, sino para sanarlas) y a invitar a las personas a bajar de la propia cabalgadura (ideas, comodidades, seguridades, modos de hacer…) y dejar espacio para sean ellas las que ocupen nuestro centro vital y nos ayuden a descentrarnos para centrarnos realmente en lo importante. 

El cuidar y el cuidado de Jesús generaba en las personas oportunidad y ganas de vivir. Un  cuidado que sanaba por fuera y, sobre todo, por dentro. Un cuidado que muestra quién es y cómo es el Dios de Jesús. 

Un cuidado que reclama de nuestras propuestas pastorales darle una vuelta a esa cantidad ingente de iniciativas que lanzamos sin parar y que requiere sopesar si están posibilitando que las personas se sientan cuidadas en aquello que necesitan en cada momento y circunstancia. Una pastoral que necesita recuperar su razón de ser, que ha de mostrar en todo el mensaje central del evangelio: Ama. Cuida. Sirve. Sé y haz feliz a la gente. Entrégate. Una pastoral que necesita proponer ese “haz tú lo mismo” (v. 37) con el que termina la parábola del buen samaritano. Una exhortación a vivir y a actuar siempre desde la misericordia y el cuidado cercano y personalizado. La pregunta que nos queda hacernos es si la pastoral de nuestras instituciones logra que sus destinatarios experimenten esa misericordia y esa necesidad de cuidar, tan de Jesús.

Nuestras escuelas católicas llevan muchos años ofreciendo un servicio de calidad a miles de familias a lo largo y ancho de todo el planeta. Cuando uno tiene la oportunidad de asistir a congresos de educación y evangelización en su propio país, de viajar por el propio continente visitando diferentes sedes de escuelas católicas e incluso de viajar a otros continentes para asistir como invitado o como conferenciante o tallerista, se da cuenta que la escuela católica que conoce es siempre una porción muy pequeña respecto de la que existe en realidad.

Y dentro de las aportaciones que la escuela católica realiza en todos sus centros repartidos por todo el mundo, uno de sus rasgos más significativos es el del cuidado de sus educadores y sus educandos. La escuela católica no son solo sus edificios, sus instalaciones, sus resultados académicos, su participación en miles de proyectos allí donde se encuentra, su reputación y el reconocimiento de sus logros y aportaciones al mundo de la cultura y de la educación. La escuela católica es todo eso gracias a las personas que hacen posible en ella una educación de calidad fundamentada en los valores evangélicos que a su vez se vertebran en torno a las virtudes de la fe, la esperanza y la caridad. La escuela católica debe su éxito y su significatividad a los miles de educadores y educadoras que la hacen posible. El testimonio de su vida, de su profesionalidad y de su experiencia creyente es fundamental para alcanzar los objetivos que le marca su propia naturaleza.

Y esos miles de educadoras y educadores, junto con los millones de alumnos a los que sirven y educan en todo el mundo, son la mejor expresión de lo que significa cuidar, de lo que comporta el cuidado de todos ellos en las instituciones eclesiales a las que pertenecen. Educar es una manifestación más de ese cuidar del que venimos hablando: enseñar al que no sabe, ayudar a crecer, acompañar procesos, estar cerca de aquellos que tienen necesidades educativas especiales, posibilitar horizontes, dar a conocer herramientas y modos de proceder que pueden cambiar el mundo, ser hogar, mostrarles la potencia del creer, transitar junto a ellos la senda de la interioridad, celebrar la vida, toda la vida, ser y hacer familia, reconocer al prójimo y aprender a servirle allí donde esté… todo eso es educar y para todo ello se debe conjugar en sus mil formas el verbo cuidar. Nuestras escuelas son instituciones en las que la revolución de los cuidados se hace vida cada jornada, con cada propuesta, con cada acción, con cada atención, con cada persona. 

Y es que, en nuestras escuelas católicas, cuidar es una competencia de primer orden para responder a los signos de los tiempos. Como instituciones estamos llamados a cuidar y a cuidarlo todo: a cuidar a las personas, a cuidar de las relaciones, a cuidar los acompañamientos, a cuidar los procesos, a cuidar las prioridades, a cuidar nuestro modo de comunicar, a cuidar gestos y detalles, a cuidar cada situación y circunstancia, en definitiva, a cuidar todo aquello que en cada tiempo se presente como objeto de cuidado. 

La escuela católica hace vida, cada día, la dinámica del buen samaritano: se hace cargo de la realidad de los suyos, carga con esa realidad, se encarga de ella y se deja cargar por ella. Y todo eso lo hace 

desde el cuidado. Es ahí donde es posible descubrir la importancia de una evangelización cuidadosa y de una pastoral del cuidado que de ella se desprende. 

Arrancamos un nuevo curso y es bueno hacerlo con la perspectiva de lo evaluado al finalizar el anterior, todo cuanto llevamos adelante enfocados en si cuidamos aspectos esenciales en la evangelización: la atención al alumnado, nuestra presencia entre ellos, nuestro acompañamiento, nuestra gratitud y agradecimiento, nuestras propuestas de experiencias perdurables de fe, nuestro deseo de anunciar y celebrar a Jesús, nuestra dinámica solidaria de compromiso por la justicia y nuestro ser comunidades en las que, desde fuera, los demás puedan decir aquello de “mirad cómo se quieren, mirad cómo se cuidan”.

Me gustaría terminar estas páginas citando unas palabras que el obispo Antoni Vadell, amigo y compañero de camino, me regaló en el prólogo de mi último libro. Son, sencillamente, una muestra más del cuidado con el que los pastores hemos de tratar y hablar de los otros, y de su experiencia creyente vivida y fortalecida, a lo largo de los años, en nuestros colegios: 

¡Cuántas personas he conocido estos años que al hacer memoria de su historia hablan con tanto cariño y con tanto agradecimiento de la escuela católica en la que estudiaron! Algunas de ellas trabajan ahora en la escuela católica, intentando dar gratis lo que gratis recibieron, yendo mucho más allá de su trabajo y de sus tareas. En la escuela fueron cuidados por primera vez fuera de casa. En la escuela conocieron el modo en que el Señor cuidaba y nos pedía cuidar de la gente. En la escuela hicieron experiencia, personal y comunitaria, de lo que supone vivir la misión en clave de servicio y cuidado. En la escuela aprendieron a cuidar de sí mismos, de los demás y del lugar en el que habitamos. Para todos ellos su escuela es mucho más que un colegio: es un hogar en el que fue posible encontrar, descubrir y enamorarse del Señor. Un espacio que posibilitó en ellos un enamoramiento que cambió su vida hasta el día de hoy. Todas estas mujeres y hombres sintieron y sienten que la escuela revolucionó su vida entera y puso las primeras piedras de su proyecto de vida junto al Señor”.

Así es. Así siga siendo. 

[1] Esta presentación de Jesús, es el resultado de enlazar los títulos de todos los capítulos del libro de José Antonio Pagola, Jesús. Aproximación Histórica, PPC, Madrid, 2013.

[2]  Cfr. José Laguna, Hacerse cargo, cargar y encargarse de la realidad. Hoja de ruta samaritana para otro mundo posible. Cuadernos Cristianismo y Justicia, 172, pág.4 

[3] Cfr. Matilde E. Pérez Tamayo, Jesús, un Dios que se hace cercanía. Aproximación al ser y al actuar de Jesús, págs. 104-106.

ÓSCAR ALONSO PENO

Autor, formador y responsable del Área Pastoral de Colegios FEC

Bibliografía

Alonso Peno, Ó. (2021). Una revolución de los cuidados para nuestra pastoral escolar: Anotaciones para una evangelización cuidada, cuidadosa y cuidante. Zaragoza: Khaf.

Laguna, J. (2011).  Hacerse cargo, cargar y encargarse de la realidad. Hoja de ruta samaritana para otro mundo posible. Barcelona: Ediciones Rondas.

Pagola, J. A. (2013). Jesús. Aproximación Histórica. Madrid: PPC.

Pérez Tamayo, M. E. (2018). Jesús, un Dios que se hace cercanía. Aproximación al ser y al actuar de Jesús.

Disponible en: https://issuu.com/matildeeugeniapereztamayo/docs/jes_s__un_dios_que_se_hace_cercano .

Abstract

After a long period of exceptional challenges for the educational community, Óscar Alonso makes a bold call for a revolution in our institutions, by reviewing our priorities and taking an honest look at our practices and traditions. Are we being true to ourselves and coherent with our values? This is the opportunity to think afresh and bring a new school pastoral to life. In the quest for answers, he dives into the etymology of «care» both as a verb and as a noun, as well as the adjective «caring». Caring requires thinking and acting upon those thoughts, while always placing people at the centre of our actions. Jesus modelled this kind of caring by being «careful» about humanity, about the meaning of life, about relationships, behaviours, communication, healing wounds, restoring dignities, fighting for justice and doing good. By digging deeply into concepts and realities, the author illuminates a new way forward for schools and a true pastoral of care.

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